EL DISPARO [Relatos de Belkin]

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EL DISPARO [Relatos de Belkin]

Mensaje por Inseglet el Vie Sep 23, 2011 4:17 am

Este es uno de los relatos que aparece en la colección de narraciones pertenecientes a <Los relatos de Belkin>, de Alexandr Serguéievich Pushkin, y en ellos se habla de la vida rusa en distintas épocas o situaciones, con diferentes protagonistas y variados paisajes.

Elijo la narración titulada EL DISPARO porque es uno de los que más se me grabó cuando lo tuve que leer en primero de bachillerato, ya ha llovido un poco desde entonces. Podría decirse que es , de esa colección, mi relato preferido, por cómo se trata en él temas de honor y duelos.

Incluyo el prefacio que forma parte de la colección de relatos, presentándola el propio A.S. Pushkin, evidentemente , es decir que el prefacio es suyo.

Lo publicaré por partes, un primer mensaje con el prefacio, un segundo mensaje con la primera parte tal y como está en el libro, y un tercer mensaje con la segunda parte [final] de la narración, al igual que aparece en el libro.


Ojalá os resulte la historia de dicho relato tan interesante como me lo pareció a mí:


----------------------------------------------------


---- ALEXANDR PUSHKIN ----



PREFACIO DEL EDITOR

Al iniciar las gestiones para los relatos de Iván Petróvich Belkin, que ahora ofrecemos al público, teníamos el propósito de dar con ellos siquiera fuese una breve biografía de su difunto autor y satisfacer así, en parte, la justa curiosidad de los amantes de la literatura patria.

A tal fin, nos dirigimos a María Alexéievna Trafílina, la más cercana pariente y heredera de Iván Petróvich Belkin; mas, por desgracia, le fue imposible facilitarnos noticia alguna, ya que el difunto le era desconocido de modo absoluto. Nos sugirió que recurriésemos a un respetable varón que había sido amigo de Iván Petróvich.

Seguimos su consejo y, en contestación a nuestra carta, recibimos la deseada respuesta, que insertamos a continuación sin cambios ni observaciones de ningún género, como valioso monumento de noble juicio y tierna amistad y, a la vez, como una noticia bibliográfica bastante completa.



........................




Muy señor mío:


He recibido el 23 del corriente su estimada carta del 15, en la que expresaba su deseo de recibir cumplidas noticias acerca de las fechas de nacimiento y muerte del difunto Iván Petróvich Belkin, que fue mi sincero amigo y vecino de finca, así como acerca de su trabajo, sus circunstancias domésticas, y ocupaciones y su carácter.



Con gran satisfacción complazco su deseo y paso a comunicarle cuanto puedo recordar, tanto de las conversaciones con él como de mis propias observaciones.


Iván Petróvich Belkin nació de padres honrados y nobles en 1798, en la aldea de Goriújino. Su difunto progenitor, comandante Piotr Ivánovich Belkin, se casó con Pelagueia Gavrílovna, de la casa de los Trafilin.No era rico, aunque sí moderado en sus aficiones y sumamente entendido en las cuestiones de la hacienda. El hijo aprendió las primeras letras con el sacristán de la aldea, venerable varón al que debía, al parecer, su interés por los libros y por las bellas letras rusas.




En 1815, Iván Petróvich ingresó en un regimiento de cazadores (no recuerdo su número), en el que sirvió hasta 1823. La muerte de sus padres, que fallecieron simultáneamente, le obligó a solicitar el retiro y a regresar a su finca de la aldea de Goriújino.


A poco de hacerse cargo de la administración de la finca, Iván Petróvich, debido a su inexperiencia y a su bondad, abandonó estos cuidados y prescindió del severo orden a que se atenía su difunto padre. Destituyó al bueno y experto “stárosta”, del que los campesinos (fieles a su costumbre) estaban descontentos, y encomendó la administración de la aldea a su vieja ama de llaves, que se había ganado su confianza por el arte con que relataba todo género de historias.




Esta estúpida vieja no pudo diferenciar nunca un billete de veinticinco rublos de uno de cincuenta; los campesinos, de todos los cuales era comadre, no le tenían ningún temor; el “stárosta” por ellos elegido les favorecía cuanto podía y tomaba parte en sus trampas, de tal modo que Iván Petróvich se vio obligado a levantar la prestación personal y a establecer un tributo en especie muy moderado; pero también aquí los campesinos, valiéndose de su debilidad, consiguieron condiciones muy ventajosas en el primer año, y en los siguientes satisficieron más de dos terceras partes del tributo en nueces, arándanos y cosas semejantes; y aun así, había atrasos.



Como amigo que había sido del difunto padre de Iván Petróvich, consideré deber mío brindar mis conejos a su hijo y me ofrecí reiteradamente a restablecer el antiguo orden perdido por su culpa. Para ello fui un día a verle, pedí que me mostrara los libros de contabilidad y, en presencia de Iván Petróvich, me puse a revisarlos. El joven amo me escuchaba al principio con gran atención; pero al sacar cuentas, resultó que en los últimos dos años se había multiplicado el número de campesinos mientras que el número de aves de corral y de animales domésticos había sido rebajado intencionadamente.



Iván Petróvich quedó satisfecho con la primera parte de la noticia y luego ya no me hizo ningún caso, pues en el momento mismo en que con mis indagatorias y mi severo interrogatorio dejaba confundido al bribón “stárosta” y le hacía enmudecer, oí, con gran disgusto por mi parte, que Iván Petróvich roncaba sonoramente en su silla. Desde entonces dejé de inmiscuirme en sus disposiciones administrativas y encomendé sus asuntos (igual que él había hecho) al arbitrio del Altísimo.



Tal circunstancia, sin embargo, no alteró en nada nuestras amistosas relaciones, porque yo, compadecido de su debilidad y de su funesta negligencia, común entre nuestros jóvenes nobles, profesaba sincero cariño a Iván Petróvich; era imposible no querer a un joven tan bondadoso y honrado.
Por su parte, Iván Petróvich respetaba mis años y me había tomado cordial afecto. Hasta que sobrevino su muerte nos veíamos casi a diario; él estimaba mi sencilla conversación, aunque ni nuestras costumbres, ni nuestras ideas, ni nuestros caracteres coincidían en la mayoría de los casos.



Iván Petróvich llevaba una vida muy moderada, evitando toda clase de excesos; jamás llegué a verle bebido (lo que en nuestras tierras puede considerarse insólito milagro); tenía gran debilidad por el género femenino, pero su timidez era realmente de doncella *




*Sigue un lance que no reproducimos por reputarlo innecesario; aseguramos, sin embargo, al lector que en él no hay nada vituperable para la memoria de Iván Petróvich Belkin.


Además de los relatos que usted se digna mencionar, Iván Petróvich dejó numerosos escritos, parte de los cuales conservo en mi poder; el resto ha sido utilizado por su ama de llaves en distintos usos domésticos. Así, el invierno pasado tapó todas las juntas de las ventanas de sus habitaciones con la primera parte de una novela que Iván Petróvich no llegó a terminar.



Los mencionados relatos fueron, al parecer, su primer ensayo. Según decía Iván Petróvich, en su mayoría eran verídicos y él los había oído referir a distintas personas **.




** Efectivamente, en los escritos del señor Belkin se dice, de puño y letra del autor: “Lo oí relatar a Fulano de Tal (graduación o título e iniciales del nombre y apellido)”.


Transcribimos, para los curiosos investigadores: <<El jefe de posta>> se lo refirió el consejero titular A.G.N.; <<El disparo>>, el teniente coronel I.L.P. ; <<El fabricante de ataúdes>>, el empleado B.V.; <<La nevasca>> y <<La señorita campesina>>, la doncella K.I.T.





No obstante, casi todos los nombres de personajes son imaginarios, inventados por él mismo; en cuanto a los nombres de los pueblos y lugares, fueron tomados de los de nuestra comarca, razón por la cual en cierto lugar se menciona también mi aldea. Esto no se debe a un malvado designio, sino tan sólo a su falta de imaginación.



En el otoño de 1828, Iván Petróvich enfermó de un resfriado con calenturas, que le produjo más tarde altas fiebres y murió a pesar de los celosos cuidados del médico de nuestro distrito, hombre muy experto, de manera particular en el tratamiento de males crónicos.


Falleció en mis brazos a los treinta años de edad y fue enterrado en el cementerio de la iglesia de Goriújino, cerca de sus fallecidos padres.


Iván Petróvich era de estatura mediana; tenía los ojos grises, los cabellos rubios y la nariz recta; su rostro era blanco y delgado.


He aquí señor, todo lo que he podido recordar acerca del género de vida, ocupaciones, carácter y aspecto de mi difunto vecino y amigo. En el caso de que considere oportuno hacer uso de mi carta, le ruego encarecidamente que no mencione de ninguna manera mi nombre, ya que, si bien respeto y estimo en el más alto grado a los hombres de letras, adjudicarme este título lo considero superfluo y, a mis años, indecoroso.


Sinceramente suyo.


En Nemarádovo, 16 de Noviembre de 1830.


........................


Estimamos nuestro deber respetar la voluntad del honorable amigo de nuestro autor, le quedamos profundamente reconocidos por las noticias que nos ha facilitado y abrigamos la esperanza de que el público apreciará su sinceridad y bondadoso espíritu.

A.P.


Última edición por Inseglet el Vie Sep 23, 2011 4:22 am, editado 1 vez
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Re: EL DISPARO [Relatos de Belkin]

Mensaje por Inseglet el Vie Sep 23, 2011 4:18 am

  • EL DISPARO

Primera Parte


Nuestro regimiento se encontraba en la pequeña localidad de [ X ] . De sobra es conocida la vida del oficial. Por la mañana, instrucción y picadero; almuerzo en casa del coronel o en la taberna de algún judío; por la noche, el ponche y las cartas.


En [ X ] no había ni una sola reunión de buena sociedad, ni una sola muchacha casadera; nos juntábamos los unos en casa de los otros y no veíamos nada más que nuestros propios uniformes.


De todos nosotros sólo había uno que no era militar. Tenía unos treinta y cinco años, por lo que le considerábamos ya viejo. La experiencia le daba una gran superioridad sobre nosotros; por otra parte, su carácter siempre sombrío, sus bruscos modales y su mala lengua ejercían gran influencia en nuestras jóvenes mentes.



Cierto misterio le rodeaba; parecía ruso, pero su nombre era extranjero. En otro tiempo había servido en húsares e incluso con fortuna, pero nadie conocía los motivos que le indujeron a pedir el retiro y a recluirse en aquella mísera localidad, donde llevaba, a la vez, una vida pobre y de despilfarro: siempre iba a pie, vestía una raída levita negra, pero su mesa estaba siempre puesta para todos los oficiales de nuestro regimiento. Cierto que sus comidas se componían solamente de dos tres platos que preparaba un soldado retirado del servicio, pero el champaña circulaba allí copiosamente.



Nadie sabía nada de sus bienes ni de sus rentas, y nadie se atrevía a preguntarle a este respecto. Tenía libros, en su mayor parte militares y novelas. Los prestaba de buen grado y no los reclamaba nunca; por su parte, jamás devolvía a su dueño el libro que hubiera pedido. Su ejercicio favorito consistía en el tiro de pistola. Las paredes de su aposento, desconchadas por las balas, estaban tan llenas de agujeros que parecían panales.
Una valiosa colección de pistolas era el único lujo de la humilde casita en que vivía.



La habilidad que había alcanzado en el tiro era extraordinaria, y si hubiese querido tomar como blanco una pera colocada sobre la cabeza de alguno de nosotros, nadie en el regimiento habría dudado en ofrecer la suya. Nuestras conversaciones giraban con frecuencia en torno a los duelos.
Silvio (le llamaré así) nunca tomaba parte en ellas, cuando se le preguntaba si se había batido alguna vez, respondía secamente que sí, pero no entraba en detalles y era evidente que estas preguntas le desagradaban. Suponíamos que sobre su conciencia debía pesar alguna víctima de su terrible destreza.



Jamás se nos habría ocurrido recelar en el nada semejante a la timidez. Hay hombres cuyo aspecto disipa tales sospechas.


Un suceso casual nos dejó estupefactos. En cierta ocasión comíamos alrededor de diez oficiales en casa de Silvio. Bebimos como de costumbre , es decir , muchísimo; después de la comida insistimos cerca del anfitrión para que jugásemos a las cartas y él fuese el banquero. Se resistió largo rato, porque no jugaba nunca; al fin, dio orden de que le trajeran los naipes, arrojó sobre la mesa medio centenar de billetes de diez rublos y se dispuso a cortar. Nosotros le rodeamos y empezó el juego.


Silvio tenía la costumbre de guardar silencio absoluto mientras jugaba; jamás discutía ni daba explicaciones. Si alguien se equivocaba en la cuenta, él inmediatamente abonaba el resto o anotaba lo que sobraba. Nosotros conocíamos su costumbre y le dejábamos hacer.
Pero aquella vez estaba entre nosotros un oficial trasladado hacía poco a nuestro regimiento.


Pues bien, este joven oficial, en un momento de distracción, se apuntó un punto de más. Silvio tomó la tiza y rectificó el error, según tenía por costumbre. El oficial, creyendo que Silvio se había equivocado, comenzó a dar explicaciones. Silvio siguió contando en silencio. El oficial, perdida la paciencia, tomó el cepillo y borró lo que le parecía haber sido apuntado sin motivo. Silvio echó la mano a la tiza y restableció la cifra.


Enardecido por el vino, el juego y la risa de sus compañeros, el oficial se consideró terriblemente agraviado, y blandiendo con furia un candelabro de bronce que había sobre la mesa, lo arrojó contra Silvio, que apenas si pudo rehuir el golpe. Nosotros quedamos sobrecogidos.


Silvio se levantó pálido de cólera, y con los ojos echando chispas dijo:


  • Caballero, tenga la bondad de salir, y dé gracias a Dios de que esto ha ocurrido en mi casa.



No poníamos en duda las consecuencias del incidente y dábamos ya por muerto a nuestro nuevo camarada. El oficial abandonó la casa, no sin antes decir que estaba dispuesto a responder de la ofensa como tuviese a bien el señor banquero. El juego se prolongó unos minutos, mas se veía que el anfitrión no estaba para cartas, por lo que nos levantamos uno a uno y nos marchamos a nuestras casas, haciendo comentarios acerca de la próxima vacante.


Al otro día nos preguntábamos en el picadero si aún estaría vivo el pobre teniente, cuando se presentó él mismo y le hicimos esa pregunta. Nos contestó que hasta entonces no había tenido noticia alguna de Silvio. Aquello nos sorprendió. Nos dirigimos a casa de Silvio y lo encontramos en el patio, entretenido en meter bala sobre bala en el as de una baraja pegado a la puerta. Nos recibió como de costumbre, sin referirse para nada al incidente del día anterior. Pasaron tres días y el teniente seguía vivo.


Nosotros nos preguntábamos, sorprendidos, si sería posible que Silvio no llegara a batirse. Silvio no se batió. Se conformó con una explicación muy somera e hicieron las paces.


Aquello le perjudicó extraordinariamente en la opinión de los jóvenes. La falta de valor es lo que menos perdona la gente moza, que suele ver en la bravura la cumbre de las virtudes humanas y la justificación de toda clase de vicios. Mas todo se fue olvidando poco a poco, y Silvio recuperó su antigua influencia.


Yo era el único que no podía acercarme a él. En mi juventud, dotado de una romántica imaginación, había cobrado por aquel hombre más afecto que ningún otro; su vida era un enigma y se me figuraba el héroe de una admirable novela misteriosa. Él me estimaba: al menos, sólo conmigo se olvidaba de su habitual lengua envenenada y hablaba de las cosas con sencillez y amenidad extraordinarias. Pero después de aquella desgraciada noche, la idea de que su honor había quedado en entredicho y la ofensa no había sido lavada por su propia voluntad, me producía vergüenza y rehuía mirarle a la cara.


Silvio era demasiado inteligente y poseía demasiada experiencia para que esto no le pasase desapercibido, y adivinó la causa. Mi actitud parecía apenarle; por lo menos advertí un par de veces sus deseos de buscar una explicación conmigo, pero yo hice por esquivarla y Silvio se alejó de mí. A partir de entonces no le veía más que en presencia de otros camaradas, y ya no volvimos a nuestras sinceras conversaciones de antes.


Los ociosos habitantes de la capital no tienen la menor idea de las muchas distracciones que llenan la vida de los habitantes de las aldeas o de las ciudades pequeñas; una de ellas es, por ejemplo, el día de correo. Los martes y los viernes las oficinas de nuestro regimiento estaban llenas de oficiales: unos esperaban dinero, otros cartas, otros periódicos. Las cartas eran abiertas allí mismo, los oficiales se comunicaban unos a otros las noticias y las oficinas ofrecían un animadísimo aspecto.
Silvio recibía la correspondencia dirigida a las señas del regimiento y , por lo general, era uno de los que se hallaban presentes.


Cierto día le entregaron un pliego, del que rompió los sellos con extraordinaria impaciencia. Al recorrer la carta sus ojos centelleaban. Los oficiales, ocupados cada uno con sus propias misivas, no advirtieron nada.



  • Señores - les dijo Silvio- , las circunstancias exigen mi marcha inmediata. Parto esta misma noche. Espero que no me negarán el honor de comer conmigo por última vez. Le espero también a usted – añadió volviéndose hacia mí- , le espero sin falta.



Dicho esto, salió rápidamente y nosotros, después de convenir que nos reuniríamos en casa de Silvio, nos fuimos cada uno por nuestro lado.
Llegué a casa de Silvio a la hora fijada y encontré allí a casi todos los oficiales del regimiento. El equipaje estaba ya hecho, no quedaban más que las paredes desnudas y agujereadas por las balas. El anfitrión estaba de un humor excelente y su alegría no tardó en comunicarse a todos; los tapones de las botellas saltaban continuamente y nosotros deseamos a Silvio de todo corazón un buen viaje y toda suerte de venturas.


Nos levantamos de la mesa cuando ya la noche estaba avanzada. EN el momento en que cada uno buscaba su gorra, Silvio, que se despedía de todos, me tomó por el brazo y me detuvo en el instante mismo en que me disponía a salir.


  • Necesito hablar con usted - me dijo en voz baja.



Yo me quedé, los invitados se habían ido; estábamos solos. Sentados uno frente al otro, colocamos tabaco en nuestras pipas y las encendimos. Silvio parecía preocupado, no quedaban huellas de su turbulenta alegría. Su sombría palidez, sus ojos resplandecientes y el espeso humo que salía de su boca le daban un aspecto verdaderamente diabólico. Pasaron unos instantes y Silvio rompió el silencio.


  • Quizá no nos volvamos a ver – me dijo- , pero antes de marchar quisiera darle una explicación. Usted habrá podido observar que me preocupo poco por de la opinión ajena, pero le estimo y me sería muy penoso que usted guardase de mí una impresión equivocada.



Se detuvo y comenzó a cargar de nuevo la pipa; yo callaba, con la vista baja.


  • A usted le pareció extraño - continuó - que no pidiera explicaciones a ese borracho y cabeza rota de R. Convendrá conmigo que, teniendo yo derecho a elegir el arma, su vida estaba en mis manos; en cambio, la mía estaba casi segura. Podría yo atribuir tal moderación a un espíritu magnánimo, pero no quiero mentir. SI hubiera podido castigar a R. sin exponer en absoluto mi vida, no le habría perdonado por nada del mundo.



Miré asombrado a Silvio. Tal confesión me había dejado estupefacto. Él prosiguió:


  • Como le digo, no tengo derecho a exponer mi vida. Hace seis años recibí una bofetada y mi enemigo vive aún.



Mi curiosidad se hallaba sumamente excitada.


  • ¿No se batió usted con él? - pregunté -. ¿Tal vez las circunstancias les separaron?



  • Me batí respondió Silvio- y he aquí el recuerdo de nuestro duelo.



Se levantó, sacó de una caja de cartón un gorro rojo con galones y una borla dorada (lo que los franceses llaman bonnet de police) y se lo puso. El gorro presentaba un orificio de bala una pulgada más arriba de la frente.


  • Usted sabe [/i] - continuó Silvio- que serví en el regimiento de húsares de [ x ] . Ya conoce mi carácter: estoy acostumbrado a ser el primero en todo; pero de joven esto era en mí una verdadera pasión.


    En aquellos tiempos estaban de moda los escándalos: yo era el primer juerguista del regimiento. Nos enorgullecíamos de nuestras borracheras. Le gané en beber al famoso Burtsov, cantado por Denís Davídov. En nuestro regimiento había duelos a cada instante: en todos era yo testigo o actor. Mis compañeros me adoraban, y los jefes del regimiento, que cambiaban sin cesar, veían en mí un mal necesario.



    Yo gozaba tranquilamente (o más bien intranquilamente) de mi fama cuando llegó al regimiento un joven de rica y noble familia (no quiero decir su nombre). ¡Jamás he encontrado a un hombre tan afortunado y tan brillante! Imagínese usted: juventud, inteligencia, belleza, la alegría más desbordante, la valentía más despreocupada, un nombre conocido, dinero que gastaba a manos llenas y que no se agotaba nunca, y comprenderá la impresión que produjo entre nosotros...



    Mi supremacía estaba en peligro. Seducido por mi fama, trató de buscar mi amistad, pero yo le acogí fríamente y él se apartó de mí sin sentirlo lo más mínimo. Llegué a odiarle. Sus éxitos en el regimiento y entre las mujeres me desesperaban. Comencé a buscar pendencia con él.


    A mis burlas contestaba con burlas que siempre me parecían más inesperadas e ingeniosas que las mías y que eran, indudablemente, mucho más alegres: él bromeaba y yo estaba rabioso.


    Por fin, estando en un baile en casa de un noble polaco, al verlo objeto de la atención de todas las damas, y en particular de la anfitriona, con quien yo mantenía relaciones, le dije al oído un insulto soez. Él no pudo contenerse y me dio una bofetada. Echamos mano a los sables, mientras las damas se desmayaban; nos separaron y aquella misma madrugada fuimos a batirnos.


    Era al amanecer. Yo estaba en el lugar convenido con mis tres padrinos y esperaba la llegada de mi adversario, desasosegado por una inexplicable impaciencia. El sol primaveral había salido y empezaba a sentirse calor.



    Le vi desde lejos. Venía a pie, con el dormán colgado del sable , en compañía de un solo padrino. Se acercaba con su gorra llena de cerezas. Los padrinos midieron doce pasos.


    Me correspondía tirar el primero, pero la rabia que me dominaba me producía una emoción tan intensa que, desconfiando de mi buen pulso, y para dar tiempo de calmarme, le cedí el primer disparo. Mi adversario no aceptó. Decidimos echarlo a suertes : él, siempre favorito de la fortuna, sacó el primer número. Apuntó y me atravesó el gorro.



    Llegaba mi vez. Le miré ávidamente, tratando de captar siquiera una sombra de inquietud. Estaba a merced de mi pistola, eligiendo las cerezas maduras y escupiendo con fuerza los huesos, que llegaban hasta mí. Su indiferencia me hizo perder la razón.


    “¿Qué gano, pensé, quitándole la vida si él no la tiene en el menor aprecio?” Una idea malvada pasó por mi mente. Bajé la pistola.



    << Parece que no se ha hecho el ánimo de encontrarse con la muerte>> –le dije- <<, no quiero interrumpir su desayuno.>>



    << No me molesta en absoluto>> –replicó él- << Puede disparar si gusta, aunque puede hacer lo que mejor le parezca. Le debo el disparo, siempre estaré a su disposición.>>


    Me volví hacia los padrinos, diciéndoles que en aquel momento no tenía intención de disparar, y así terminó nuestro duelo.


    Pedí el retiro y me vine a este lugarejo. Desde entonces no ha transcurrido un solo día sin que recordara la venganza. Hoy me ha llegado la hora...


Sacó del bolsillo la carta que había recibido a la mañana y me la dio a leer. Alguien (el encargado de sus asuntos al parecer) le escribía desde Moscú que cierta persona debía contraer matrimonio en breve con una joven y hermosa muchacha.



  • Usted adivinará – dijo Silvio- quién es esa [i]cierta persona. Voy a Moscú. ¡Veremos si en vísperas de su boda acoge la muerte con tanta indiferencia como la acogió aquel día comiendo cerezas!




Dicho esto, se puso de pie, tiró el gorro al suelo y empezó a recorrer la habitación de un extremo a otro, como un tigre en su jaula. Yo lo había escuchado inmóvil; sentimientos extraños y contradictorios embargaban todo mi ser.


Entró el criado y anunció que el coche estaba dispuesto. Silvio me estrechó con fuerza la mano y nos dimos un abrazo. Subió al carricoche, donde habían sido cargadas dos maletas, una con las pistolas y la otra con sus efectos personales. Nos despedimos una vez más y los caballos partieron al galope.
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Re: EL DISPARO [Relatos de Belkin]

Mensaje por Inseglet el Vie Sep 23, 2011 4:20 am

Segunda Parte


Pasaron varios años. Circunstancias familiares me obligaron a instalarme en una pobre aldehuela del distrito de N. Debía atender los asuntos de la finca, aunque no dejaba de suspirar calladamente el recuerdo de mi antigua vida despreocupada y bulliciosa. Lo más difícil era, para mí, las veladas de otoño e invierno, que pasaba en la soledad más absoluta.


Hasta la hora de la comida, mataba bien que mal el tiempo de conversación con el stárosta, vigilando los trabajos o recorriendo las nuevas dependencias; pero en cuanto la tarde declinaba, ya no sabía qué hacer.


Los pocos libros que había encontrado en el fondo de los armarios y en la despensa, me los conocía de memoria. Kirílovna, el ama de llaves, me había repetido todos los cuentos que podía recordar; las canciones de las mujeres me producían tedio. Me inicié en beber el dulce licor, pero me causaba dolor de cabeza; y además, lo confieso, tenía miedo de convertirme en un “borracho para olvidar penas”, es decir, el borracho más empedernido entre los que abundan en nuestro distrito.


No tenía vecinos cercanos, a excepción de dos o tres de esos empedernidos, cuya conversación se reducía simplemente a hipos y suspiros. La soledad era más soportable.


A cuatro verstas de mi casa se extendía una rica finca perteneciente a la condesa de B., pero únicamente el administrador la habitaba. La condesa sólo la había visitado una vez, el primer año de casada, y únicamente había vivido un mes en ella. Mas un día, en la segunda primavera de mi vida de anacoreta, se corrió el rumor de que la condesa iba con su marido a pasar el verano en su aldea.


Y en efecto, llegaron a primeros de junio.

La llegada de un vecino acaudalado es todo un acontecimiento para quienes viven en el campo. Los propietarios y su servidumbre comienzan a hablar de ellos dos meses antes y siguen hablando tres años después. En lo que a mí respecta, lo confieso, la noticia de la llegada de una vecina joven y hermosa me causó fuerte impresión; ardía en deseos y de verla, y así, el primer domingo siguiente a su llegada, me dirigí después de comer a la aldea de [ x ] a fin de presentar mis respetos a sus señorías como vecino más cercano y seguro servidor.


Un criado me hizo pasar al despacho del conde y salió para anunciar mi presencia. La espaciosa habitación estaba adornada con todo el lujo imaginable; a lo largo de las paredes se alineaban bibliotecas llenas de libros y, sobre cada una, un busto de bronce; encima de la chimenea de mármol veíase un ancho espejo; el piso estaba tapizado de paño verde y cubierto de alfombras. Perdido el hábito del lujo en mi pobre casa y después de no haber visto durante tanto tiempo la riqueza ajena, me intimidé; esperaba al conde con cierto nerviosismo, al igual que un solicitante provinciano aguarda la salida de un ministro.



Se abrió la puerta y apareció un hombre como de treinta y dos años, de muy buena presencia. El conde se acercó a mí con gesto franco y amistoso; yo traté de recobrarme

y empecé a presentarme ceremoniosamente, pero él no me permitió seguir en este tono. Tomamos asiento.



Su conversación, espontánea y afable, no tardó en disipar mi timidez, nacida en aquel rincón perdido. Comenzaba ya a sentirme a mis anchas, cuando entró la condesa y la turbación se apoderó de mí con más intensidad que antes. En efecto, era una gran belleza.


El conde me presentó. Quise parecer desenvuelto; pero por más esfuerzos que hiciera por mostrarme sencillo, más torpe me sentía. Ellos, a fin de darme tiempo a sosegarme y habituarme a mis nuevos conocidos, comenzaron a hablar entre sí, tratándome sin cumplidos, como a un buen vecino. Mientras tanto, yo recorría la estancia, examinando libros y cuadros.

Aunque no soy entendido en pintura, un lienzo llamó mi atención. Representaba un paisaje de Suiza, pero lo que me maravilló no fue la pintura, sino que el cuadro estuviese atravesado por dos balas, que habían sido disparadas una sobre la otra.


  • Buen disparo –dije volviéndome hacia el conde.



  • –comentó él-, un disparo excelente. Y usted, ¿tira bien?



  • No lo hago mal - contesté, satisfecho de que la conversación por fin tocara, por fin, un tema que me era familiar -. A treinta pasos y tomando como blanco un naipe, no fallaría, aunque se entiende que con pistolas conocidas.




  • ¿De veras? –preguntó la condesa con muestra de gran interés -. Y tú, amigo mío, ¿acertarías en un naipe a treinta pasos de distancia?




  • Deberíamos probar algún día - contestó el conde-.En tiempos no tiraba mal, pero hace cuatro años que no he tenido una pistola en la mano.




  • En tal caso –observé- le aseguro que no acertaría a un naipe ni siquiera a veinte pasos: la pistola exige un ejercicio diario. Lo sé por experiencia. En mi regimiento, yo era uno de los mejores tiradores. En cierta ocasión estuve un mes sin tocar una pistola porque mis armas estaban en reparación. ¿Y sabe lo que ocurrió? El primer día que disparé, fallé cuatro veces seguidas tirándole a una botella a veinticinco pasos. Estaba presente un capitán, un hombre bromista y gracioso, que me dijo: “Se ve, hermano, que la mano no te llega a la botella”.


    No, excelencia, no debe descuidar este ejercicio si no quiere perder la puntería por completo. El mejor tirador que he conocido disparaba por lo menos tres veces antes de comer. Para él, esto era como tomarse una copa de vodka.



El conde y la condesa parecían satisfechos de que yo hubiera roto mi silencio.



  • ¿Y qué tal tirador era? –me preguntó el conde.



  • Verá, excelencia, si veía una mosca en la pared (¿se ríe, condesa? ; palabra de honor que es verdad), si veía posarse una mosca, gritaba: “¡Kuzka, la pistola!”, y Kuzka le traía la pistola cargada. Disparaba y dejaba la mosca aplastada en la pared.



  • Es extraordinario -comentó el conde-. ¿Cómo se llamaba?



  • Silvio, excelencia.



  • ¡Silvio! –exclamó el conde, poniéndose en pie de un salto-. ¿Usted conoció a Silvio?



  • Claro que sí, excelencia. Fuimos amigos. Lo habíamos acogido en nuestro regimiento como a un hermano, pero hará cosa de cinco años que no tengo la menor noticia de él. ¿Lo conoció también su excelencia?




  • Lo he conocido, vaya si lo he conocido. ¿No le refirió un caso muy raro?




  • ¿Se refiere, excelencia, a la bofetada que un tipo pendenciero le dio a Silvio en un baile?



  • ¿Le dijo a usted el nombre de ese pendenciero?



  • No, excelencia, no me lo dijo… ¡Ah! –proseguí, empezando a adivinar la verdad-. Perdóneme… No podía suponer… ¿Será usted…?



  • Soy yo mismo –contestó el conde, presa de gran emoción- Y el cuadro agujereado es un recuerdo de nuestro último encuentro.



  • Por favor, querido –suplicó la condesa-, no lo cuentes, me va a dar miedo oírlo.




  • No –replicó el conde-, lo contaré todo. Él conoce la ofensa que infligí a su amigo; que conozca también la manera como Silvio se vengó.



El conde me acercó un sillón y yo escuché con el más vivo interés el siguiente relato.


  • Me casé hace cinco años. El primer mes de luna de miel lo pasé aquí junto a mi esposa, en esta aldea. A esta casa debo los mejores instantes de mi vida y uno de mis más penosos recuerdos.


    “Una tarde paseábamos a caballo mi esposa y yo; su yegua se puso terca, mi esposa se asustó, me entregó las bridas y decidió volver andando a casa. Yo me adelanté. En el patio vi un carricoche; me anunciaron que en mi despacho me esperaba un hombre. No había querido decir su nombre, se había limitado a explicar que tenía un asunto pendiente conmigo.


    Entré en esta misma pieza y distinguí en la oscuridad a un hombre cubierto de polvo y con la barba crecida; estaba aquí, junto a la chimenea. Me acerqué, tratando de recordar sus facciones.


    <<¿Me conoces, conde? >> –preguntó con voz temblorosa.


    <<¡Silvio!>> – exclamé y, lo confieso, sentí que los cabellos se me erizaban



    <<En efecto>> –prosiguió él-. <<Me debes un disparo. He venido a descargar el arma, y liberarla de su bala. ¿Estás dispuesto? >>



    El arma le asomaba por un bolsillo de la levita. Medí doce pasos y me coloqué en aquel rincón, pidiéndole que disparase en seguida, antes de que mi esposa volviera. No mostraba prisa, pidió luz.


    Trajeron unas velas. Cerré la puerta, con la orden de que no entrara nadie, y le pedí una vez más que disparase.



    Sacó la pistola y apuntó… Yo contaba los segundos… pensaba en ella… ¡Fue un minuto terrible! Silvio bajó la mano.



    <<Lamento>> –dijo - << que mi pistola no esté cargada con huesos de cereza… una bala pesa mucho. Me sigue pareciendo que esto no es un duelo, sino un asesinato: no tengo la costumbre de apuntar a una persona desarmada. Comencemos de nuevo. Echemos suertes para ver a quién corresponde disparar el primero.>>




    La cabeza me daba vueltas… Creo que me resistí a aceptar… Finalmente, cargamos otra pistola; doblamos dos papelitos; él los metió en el mismo gorro que yo había agujereado de un tiro; de nuevo saqué el primer número.



    <<Eres endiabladamente afortunado, conde >> – dijo con una sonrisa que no olvidaré jamás.



    No recuerdo lo que me ocurrió después y cómo pudo obligarme a ello… pero disparé y di en ese cuadro.



    El conde señaló el cuadro agujereado; su rostro le ardía como si fuera de fuego; el de la condesa estaba más blanco que su pañuelo; se me escapó una exclamación.


    Disparé , y, gracias a Dios, fallé. Entonces Silvio (en aquel instante estaba verdaderamente horroroso), Silvio empezó a apuntar sobre mí. De pronto se abrió la puerta, entró Masha y se precipitó hacia mí y me abrazó lanzando un grito. Su presencia me devolvió la serenidad.



    <<Querida, >> –le dije- <<¿no ves que se trata de una broma? ¡Cómo te has asustado! Anda, bebe un vaso de agua y luego ven con nosotros. Te presentaré a un viejo amigo y camarada.>>[/i]


    Masha se resistían a creerme.


    <<¿Es verdad lo que dice mi marido? >> – preguntó al terrible Silvio-. <<¿Es verdad que se trata de una broma? >>



    << Él siempre está de broma, condesa >> –le contestó Silvio-. << En una ocasión me dio en broma una bofetada, en broma, me atravesó de un balazo este gorro; en broma, ha disparado contra mí y acaba de fallar. Ahora soy yo el que tiene ganas de broma…>>


    Después de estas palabras, quiso apuntar sobre mí… ¡en presencia de ella! Masha se arrojó a sus pies.



    <<¡Levántate, Masha, es una vergüenza! >> –grité enfurecido - <<Y usted, caballero, ¿tendrá el valor de burlarse de una pobre mujer? ¿Va a disparar o no? >>



    << No >> –respondió Silvio- <<Ya estoy satisfecho: he visto tu turbación, tu temor. Te he obligado a disparar contra mí y con eso me conformo. Me recordarás. Te dejo con tu conciencia.>>


    Se disponía a salir, pero antes se detuvo en la puerta, miró el cuadro que yo había agujereado, disparó casi sin apuntar y desapareció. Mi esposa se había desmayado; la servidumbre no se atrevió a cerrarle el paso, mirándole aterrorizados. Salió al portal, llamó al cochero y se alejó antes de que yo hubiera podido serenarme.





El conde calló. Así supe el fin de la historia cuyo comienzo tanto me impresionara en otra ocasión. Se dice que Silvio se incorporó a la insurrección de Alejandro Ypsilanti, en la que mandaba una sección de la batería, y murió en la batalla de Skuliani.

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Re: EL DISPARO [Relatos de Belkin]

Mensaje por DarthCopy el Dom Sep 25, 2011 2:09 pm

Muy bueno, si señor. Voy a tener que buscar los Relatos de Belkin.

Muchas gracias Inseglet.

Un saludo.
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Re: EL DISPARO [Relatos de Belkin]

Mensaje por Inseglet el Dom Sep 25, 2011 11:54 pm

¡De nada, hombre, me agrada saber que te ha gustado el relato!

Hasta luego.
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Re: EL DISPARO [Relatos de Belkin]

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