¿Por qué los mayores construyen los columpios siempre encima de un charco?

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¿Por qué los mayores construyen los columpios siempre encima de un charco?

Mensaje por Inseglet el Sáb Ago 06, 2011 6:05 am




Tal vez os suene el autor de este libro, es un chaval que hace monólogos y trucos de magia (cojonudos, por cierto, el tío es muy bueno con eso) , muy majete y con un sentido del humor a tener en cuenta.

Este libro lo leí hace unos meses y en varios momentos casi me deshidrato de llorar de la risa, vamos, que me pareció tronchante en muchos temas que trata.


Y le da por reflexionar sobre asuntos cotidianos y hale, a desbarrar, es divertido leer las preguntas que se hace a sí mismo.


Hago como el otro día con el libro de Wyoming:

Os dejo la información de la solapa adherida a la portada (1), la contraportada (2) y luego os he puesto el prólogo (3).

Aparte de esos apartados, he dejado unas cuántas páginas para que conozcáis un poco su estilo, eligiendo para ello algunos temas (escogí cinco , de los 49 que presenta el libro) un poco al tuntún, de los primeros capítulos que él trata en la obra.



Ojalá su humor os divierta tanto como a mí.
Aquí lo dejo:


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(1)


Tienes en las manos el cuarto libro de Luis Piedrahita. Los anteriores fueron:

  • Dios hizo el mundo en siete días… y se nota


  • ¿Cada cuánto hay que echar a lavar un pijama?


  • Un cacahuete flotando en una piscina…, ¿sigue siendo un fruto seco?



Los tres iguales de buenos que éste.

Luis ha sido guionista y colaborador de programas televisivos como `El Club de la Comedia´ o `El Hormiguero´ (premio Rosa de Oro al mejor programa de entretenimiento del mundo)

También fue uno de los directores del programa de magia `Nada x Aquí´ (premio Zapping al mejor programa de entretenimiento).


Luis Piedrahita también ha escrito y dirigido, junto a Rodrigo Sopeña, `La habitación de Fermat´, galardonada con el premio Méliès de plata y estrenada en más de cincuenta países.


No olvides que puedes seguir los pasos de este artista en su blog personal `El ojo boquiabierto´, o en cualquiera de sus actuaciones en vivo, en los mejores teatros de España…, y en alguno de los peores.


(2)



  • -----------------------------------------

    Los brazos son esos cilindros de carne que cuelgan a los lados del cuerpo. Son muy útiles para que no se nos caigan las manos al suelo, para ponernos inyecciones y para hacernos tatuajes. Sin embargo, los brazos son muy molestos cuando uno se enamora, porque en el amor siempre sobra un brazo.


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  • Yo, cuando muera, quiero que llenen mi ataúd con figuritas de Lladró y que me entierren con ellas. Así, al menos mi muerte habrá servido para algo.



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  • Cuando queda una croqueta en el plato, mágicamente, a todo el mundo se le acaba el hambre a la vez. Esa croqueta lo pasa mal viendo cómo la gente escoge a sus compañeras, y ella mientras en el plato: <<¡Cógeme a mí, cógeme a mí!>>.
    Siempre le digo a mi madre:

    <<¿Para qué la haces? Haz las demás, pero ésa no. Cuando las tengas todas amasadas y las vayas a echar a la sartén…deja una fuera.>>



(3)


Prólogo, por Alejandro Dolina


Hace muchos años que no se me ocurre nada. Mis proyectos literarios se agotan en dos frases.

Sin embargo, cuando los editores me encargaron preparar un prólogo para este libro, no pude negarme, tal vez por no encontrar las palabras adecuadas para hacerlo, o tal vez porque el señor Piedrahita es un artista redondamente asombroso.


Así, volví a mi mesa del bar Quitapenas, que es donde suelo escribir.
Permanecí un rato inmóvil hasta que se me ocurrieron unas palabras:

El actor ansioso lee salteado.

No parecía gran cosa, pero era mi primer logro en mucho tiempo. Le hice leer la frase al camarero. Me devolvió el cuaderno en seguida y me felicitó.


- Ansioso, me gustó eso…Ansioso…


Pasaron las horas y no conseguí agregar ni una letra. El camarero sintió pena y se sentó a mi lado.


- Deme ese cuaderno. Aquí vienen muchos escritores. Veré qué puedo hacer por usted.


Escribió dos minutos a velocidad de taquígrafo.


- Tome, ahora debo seguir trabajando. Le resultará fácil continuar.


Su texto era éste:


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El lector ansioso lee salteado.

Impaciente por saber lo que viene después, apunta a las bisagras del relato y trata de adivinar a golpe de vista cuáles pueden ser los párrafos superfluos.


El prólogo es lo primero que la gente decide no leer. Quizás no les falta razón. En los tiempos que corren, parece que las cosas no se deciden nunca a empezar. Siempre hay un paso previo, un telón, un discurso, una publicidad, un himno.

Las películas se demoran en interminables escudos y logotipos de estudios. Las conversaciones de negocios exigen que antes de comprar una mina de cobre haya que comentar durante al menos una hora las más aburridas bagatelas del momento.


Hago estas afirmaciones sabiendo que ya somos pocos: el batallón más numeroso de lectores anda tal vez a estas alturas por el segundo capítulo.


Sin embargo, creo que el preludio puede tener alguna utilidad. Acaso sirve para que el lector vaya acomodando su espíritu, para que sepa lo que se espera de él y para que no llegue a la obra vestido con ropas inadecuadas.

En este caso hay que prepararse para ser dichoso.


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Nada me costó estar de acuerdo con el inciso, pero no se me ocurría nada para seguir escribiendo. Por un momento tuve algo así como la sombra de una idea, que en seguida se mezcló con una muchedumbre de consideraciones que venían en sentido contrario y la perdí de vista.

El borracho Zalavía se acercó tambaleante.

- Me han dicho que está trabajando en un texto. Si me paga una copa, yo podría colaborar.


Pidió un anís y se puso a escribir en zigzag, inmediatamente después del texto del camarero:



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Hechas estas salvedades acerca de la naturaleza de los exordios, pido permiso para anotar la primera ponencia de este trabajo.

Jorge Wagensberg dice que la selección cultural no puede sino ser un logro de la selección natural. Los gozos del arte y la poesía aparecen como superfluos hasta que un día se descubre que eran indispensables para la supervivencia, como el verdor de las algas, como la forma de los huevos, como los colores mudables del camaleón.


Al leer este libro de Luis, uno intuye que humor y poesía provienen de una misma casa, El humorista, tanto como el poeta, construye un juego metafórico de sustituciones, de significados múltiples, de vecindades y sabios equívocos que son al mismo tiempo un juicio sobre la condición humana.


Un chiste es también un desengaño, algo que podría haber sido y no fue, algo que se esperaba y no llegó.

Don Miguel de Unamuno ha dicho que lo que en verdad diferencia a los hombres de las bestias no es la razón, sino la risa.

Acaso esta facultad sea el último y más refinado progreso de la especie. La criatura humana no sólo asegura su supervivencia pensando y anticipando los sucesos del entorno, sino que recibe el don poético como un arma indispensable para seguir existiendo.



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Zavalía vomitó y cayó al suelo desmayado. En seguida lo reemplazaron dos prostituas que, tomando el lápiz a cuatro manos, dejaron su testimonio:



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No puede faltar aquí una humilde recomendación del engaño. Siempre es preferible dejarse llevar por las apariencias. La máscara revela mucho más que el rostro. El cielo azul, el sol rojizo, el calor del verano, la película Casablanca, y el amor no son sino venturosos errores de la percepción. Este libro, que parece una lúcida cacería de desatinos, es también, o es antes que ninguna otra cosa, el discurso de un mago. Debe recibirse con el gozoso temor de un niño en una feria. Pero al mismo tiempo con la diabólica intención de descubrir el truco, porque en este caso los secretos revelados no son desilusión, sino la fuente de disfrutes nuevos.

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Las prostitutas huyeron del brazo de unos mendigos. La señora que vive frente a mi casa las sustituyó:




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Piedrahita, como todo buen prestidigitador, nos hace dudar acerca de lo que vemos todos los días. Las madres quejosas, los artefactos que se niegan a funcionar las costumbres burguesas, las rutinas ciudadanas se convierten de pronto en pesadillas infernales. Los objetos cotidianos vienen a revelarse como lo que son en realidad: instrumentos perversos de un cosmos que se ríe de nosotros.

El lenguaje de las señoras de la vecindad es la lengua franca del Mal. Las peores noticias, las que expresan inequívocamente nuestra condición trágica, se transmiten en el lenguaje tosco t entrañable de nuestras tías.


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[color=lightblue]Vinieron después dos turistas holandeses, el que atiende la caja, un ciego, un niño y una cantante de tangos. Todos estuvieron de acuerdo en que el traje posmoderno era exactamente de la talla de Piedrahita, por la pluralidad de sus talentos y estilos.

Al amanecer el prólogo estaba listo, pero yo me sentía humillado.

Un enmascarado me tocó el hombro y me dijo:


- Piense una carta.


Le pedí que me diera tiempo para poder decidirme.


El hombre sacó del bolsillo un comodín.

- Ésta es tu carta. Puede ser todas y no termina de ser ninguna.


En ese momento le reconocí.

- Puede llevarse el prólogo. Está lleno de ideas ajenas.


- Así se escribe - me dijo.


Tomó el cuaderno y se lo guardó.

Después, revoleando su capa, convirtió el bar en la estación de Atocha y él mismo se dividió en seis enmascarados que tomaron trenes distintos.

Yo me quedé sentado en un banco, con un comodín en la mano, pensando que los mayores construyen los columpios sobre charcos para que los poetas puedan escribir acerca de ello.


Alejandro Dolina
Buenos Aires, 2010.



Las cicatrices

Cuando ya todo ha pasado y ves la herida color de rosa.

Las cicatrices sirven para muchas cosas, pero sobre todo para hacerse el chulito.

Todos somos espermatozoides triunfadores. Desde ese abuelote que se baja del avión con cinco ensaimadas mallorquinas, hasta el inventor del Cortylandia, todos hemos sido el más rápido entre 300 millones de espermatozoides, y algo nos ha quedado de eso. Todos sentimos una íntima satisfacción cada vez que destacamos en algo, da igual en qué aspecto:




  • Me he comprado un iPhone nuevo que es más fino que una cáscara de huevo.



  • Pues yo, una vez me comí sesenta huevos duros de una sentada, y con cáscara.



  • Pues yo, una vez, tuve una hernia inguinal con la cara de la Dama de Elche, pero me la quitaron y ahora tengo la cicatriz, mirad.



Ahí todos se callan. Una cicatriz mola mucho más que un iPhone. Cuando un hombre enseña una cicatriz, acto seguido todos empiezan a enseñar las suyas:





  • Pues mira, esto fue una vez cortando jamón. ¡Casi me llevo el dedo!



  • Pues esto es de una pelea a machete contra cuatro samoanos furiosos. Fíjate, casi me llevan el dedo.



Existe un pacto entre los hombres: cuando se enseñan las cicatrices uno puede contar lo que quiera, las historias no se cuestionan:




  • Esto del sobaco es de una vez que un centollo gigante me cortó los dos brazos y luego me los tuve que coser yo mismo con los dedos de los pies. Todavía tengo cicatriz, pero ya casi no se me nota.


Sin embargo, con las mujeres pasa todo lo contrario. Una mujer jamás enseña una cicatriz. Los pobres cirujanos ya no saben dónde esconder los zurcidos. Se los meten detrás de las orejas, en la aureola del pezón, debajo de la goma de las bragas… Los cirujanos andan como las porteras, barriendo debajo del felpudo.


Sólo hay una cicatriz que a la mujer le encanta enseñar: el ombligo, que es como un agujero de topo que tenemos todos en la barriga. Al hombre, el ombligo le interesa poco porque no se puede inventar ninguna historia, pero a la mujer le encanta enseñarlo.


Las cicatrices son el recuerdo de que hubo un momento en que lo pasaste muy mal, pero sobreviviste. Unos buenos almacenes de cicatrices suelen ser las rodillas. Allí están los recuerdos de la infancia: rascazos de la bicicleta, columpios afilados, peleas contra los de un curso mayor…


En el torso, en cambio, están las cicatrices que te recuerdan que has estado en un quirófano y te han hurgado por dentro. Son una costura en el pecho, como la de los peluches. Yo creo que si en vez de una costura nos dejaran una cremallera, sería más práctico, más que nada para guardar dentro el pijama.


Por cierto, cuando se cose a un señor, ¿qué tipo de punto se emplea? ¿Pespunte y punto atrás, punto de bastilla, punto de cruz…? Me gustaría saber eso, y también si antes de hacer un lifting lo marcan con alfileres, o si el fruncido de la fimosis lleva doble pespunte de refuerzo.


Lo que está claro es que en la carrera de Medicina hay una asignatura a la que hay que asistir con un dedal. Menos mal que los médicos son gente seria, porque si te tiene que hacer el pespunte de la fimosis Ágatha Ruíz de la Prada, lo mismo te ofrece tres opciones para el acabado: corazón, flor, o estrella.


Otro sitio donde suele haber cicatrices es en el gremio de los piratas. Los piratas son una especie de catálogo de ortopedia y muestrario de cicatrices: parche en lugar de ojo, muñón con pata de palo, garfios en vez de manos…
Con tres piratas se puede hacer un señor normal.



Todos tenemos cicatrices: la buena gente y la mala también. Hasta los raviolis, que unas veces están muy buenos y otras están muy malos, tienen una cicatriz. Toda persona tiene una experiencia con su cicatriz, les preguntas y te cuentan una historia descabellada sobre que eso se lo hizo un tiburón, o les cogió un toro, o un tiburón-toro.


Las cicatrices son valiosas porque recuerdan y ya no duelen, y evocan historias. Pero, como toda cosa valiosa, conseguirlas cuesta caro.



Las legañas

Lágrimas de tierra.



El Gobierno debería aclararnos algunas cosas sobre las legañas. Por ejemplo, ¿los tuertos generan doble legaña en el ojo que ve? Sabemos muy poco de las legañas. Las pobres, tan cerca de los ojos y tan mal vistas.


Cuando dormimos, la legaña es como un pegamentillo que sella el párpado. Así, por la noche, en el ojo no se nos mete la luz, ni bichitos, ni okupas que quieran hacer botellón…

Ese pegamentillo es el responsable de que, al despertar, cueste un poquitín abrir el ojo.


Hace <<¡tic!>>. Bueno, si duermes mucho hace <<¡toc!>>

Yo he visto legañas que, para arrancarlas, había que pegar un esparadrapo y luego tirar de golpe.

Un caso curioso es el de la Bella Durmiente, cuyas legañas están actualmente en el Museo de Minerales de Cuenca. ¡Una mujer que llevaba dormida cien años! Tras el primer año, las legañas eran como galletas campurrianas. Después de un siglo aquello se veía desde lejos, por eso la encontraron.


El cuento no lo dijo, pero el príncipe se acercó por allí buscando terrenos para hacerse un castillo y le dijo a su vasallo:



  • Allí, en aquel cerro.



  • ¿Cuál, señor?



  • El que tiene a una señora durmiendo debajo.


Son cosas de las legañas que se han ocultado y por ello flotamos a la deriva en un mar de dudas. ¿A qué lado le salen las legañas a los bizcos? ¿Es cierto que a Marty Feldman le salen las legañas en la ceja?



¿Los caracoles tienen legañas? Claro que tienen. Lo que pasa es que no tienen brazos para quitárselas y se les acumulan debajo de los ojos, por eso los tienen más separados de la cara. No son cuernos, son acumulación legañil, Cuando veáis un caracol con brazos observaréis que no tiene cuernos.



Las legañas son las heces de los ojos. El ojo, que durante el día se alimenta de imágenes, excreta lágrimas al caer la noche. S i las analizas al microscopio puedes saber lo que han visto esos ojos durante el día. Lo que sucede es que nunca las miramos al microscopio porque cuando vemos legañas torcemos la vista hacia otro lado. Por eso sabemos tan poco de ellas.


Sabemos, por ejemplo, que todas las legañas, o casi todas, mueren en el desagüe cada mañana. Ése es el túnel que ven cuando mueren. Pero, de vez en cuando, una legaña tenaz se agarra al ojo y se viene con nosotros a pasar el día. La muy pilla se esconde en el lagrimal porque sabe que, como la vea una madre, es el fin. El mayor enemigo de las legañas es la saliva de madre. En cuanto una madre observa que tienes una legaña chupa un pañuelo, y si no tiene pañuelo da igual, se chupa el pulgar y te frota hasta que se vaya la legaña o hasta que se borre el ojo, lo que pase primero.


La legaña, al igual que una conocida marca de refrescos, es una y trina. La génesis de la legaña está muy clara en la Biblia: Dios es un ojo dentro de un triángulo- eso lo sabemos todos- y tiene triple legaña. La del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo.
Dice el Apocalipsis de San juan que si juntas esas tres legañas se abre el Agujero de Saurón, suena música de Mecano, y es el fin del mundo. Menos mal que está la Virgen, madre de ese ojo legañoso, y eso nunca pasó.


Es muy poca la gente que te avisa de que tienes una legaña. Una madre, una novia, amigos más cercanos… En ese orden, además. Nunca un guardia, un presidente del Gobierno o un taxista:




  • Oiga, que tiene usted una legaña.



  • Lo sé. Es que me la estoy dejando larga.



  • ¿Y eso?



  • Me saco un dinerillo en Navidad. Cuando tienen un tamaño suficiente las esculpo, hago figuritas del Niño Jesús y las vendo en la Plaza Mayor para que las pongan en los belenes.



Y mira por dónde ya sabes algo más de esa persona.
Hablar de las legañas, definitivamente, podría acercar más a la gente. Las legañas no son como las pelotillas del ombligo o como el cerumen: son los fósiles de nuestras lágrimas.


Una vez conocí a un hombre que, día a día, guardaba sus legañas en un paquetito y cuando tenía suficientes se iba al parque para echárselas a las palomas. Dicen que era un hombre feliz.


Hasta que los seres humanos no aprendan a mirarse a los ojos y hablar de las legañas, no se habrán mirado a los ojos.


¿Sabías que…?

Una legaña mide 0,9 x 0, 2x 0,2 mm. Y pesa 2,5 miligramos. En el planeta Tierra, el 1 de Junio de 2010, había 13.661.173.970 ojos que, a legaña por ojo, generaron 34.152 kilos de legañas, material suficiente para construir la famosa estatua de la Diosa Victoria de Berlín, o bien una caseta para guardar las herramientas. En una semana, descansando el domingo, habría legañas suficientes para
Hacer una réplica exacta de la Estatua de la Libertad.



Los músculos

Los botes de Reflex deberían advertir de que el pene no es un músculo.


Un estudio oficial hecho por especialistas en hacer estudios oficiales afirma que sabemos muy poco sobre los músculos. El bíceps femoral, por ejemplo, un músculo preocupado por cuestiones de la fe y de la moral, paradójicamente es el que usamos para dar patadas a las viejas.


Eso confunde, y la gente no sabe si los músculos son algo bueno o algo malo.


Hay músculos que están ahí y hacen lo que les mandamos: subir escaleras, espantar avispas, nadar…
Pero también hay músculos que van por libre y hacen lo que les da la gana. Son como el corazón, a quien nadi e le dice cuándo tiene que latir, cómo bombear, ni de quién se tiene que enamorar. Eso está bien así. Si hubiera que recordarle al corazón sesenta veces por minuto que tiene que latir, la vida sería aburridísima. Y muchísimo peor si le hubiera que decir:




  • ¡Rápido! ¡Enamórate de esa hija de farmacéutico, que nos va a venir muy bien!


O:


  • ¡Cuidado! No te enamores de esa de los ojos verdes.


  • ¿De cuál? ¿De la que tiene la serpiente tatuada en la ingle?


La bondad va por dentro y es poco amiga del músculo de afuera. Un bebé musculoso, por ejemplo, daría mucha grima. Sería un culturista bonsái, rosadito y fibroso, parecería una liebre despellejada de las que hay en el mercado.


La gente buena no suele ser musculosa y, la verdad, creo que es mejor así. Si Gandhi tuviera dos brazacos como dos camiones cisterna y el calzón prieto, sus discursos no serían lo mismo. Y lo mismo digo si la madre Teresa de Calcuta tuviera unos pectorales como los de Batista.


Entonces, ¿qué pasa con los músculos? ¿Son moralmente buenos o son malos? ¿Tener músculos nos acerca a Dios o al infierno? Eso depende de lo que hagamos con ellos.
Si tú le dices a tus músculos: <<Ayudad a cruzar a esa viejecita>>, y ellos la cruzan con un fox terrier, vas a ir al infierno. Por eso, como dijo el poeta, <<los músculos no son ni buenos ni malos, sino todo lo contrario>>


Con el ejercicio, uno desarrolla los músculos y se puede llegar a los cien años. Yo no acabo de ver qué gracia tiene eso, la verdad. Ya cuesta llegar a fin de mes doce meses al año, como para intentar llegar a fin de siglo.


La natación es un deporte muy bien pensado para ejercitar todos los músculos. No hay que modificar ese deporte con el ansia de ejercitar más músculos de los que se ejercitan ya de por sí nadando.
Una vez construí una piscina en la ladera de una montaña para poder nadar cuesta arriba y ejercitarme más, y fue una estupidez. Todo lo que ejercitaba nadando hacia arriba luego lo desejercitaba nadando hacia abajo y me quedaba igual.


Si los músculos se agarrotan hay que dar un masaje que, como todo el mundo sabe, consiste en que un señor- el masajeador- amase los músculos de otro – el masajeado- . El problema es que el masajeado se siente culpable y tiene que hacer un esfuerzo terrible para no cerrar los ojitos de gusto.


La cosa cambia con el masaje cardíaco. Cuando se agarrota el corazón también hay que amasarlo, la diferencia es que ahora el que está tenso es el que da el masaje, y al que se lo dan está relajado. De hecho, corre el riesgo de relajarse demasiado.


Si se habla de músculos, hay que hablar de los culturistas. Ante un culturista a mí siempre me asalta la misma duda: ¿para qué?


Señor culturista, ¿sabe usted algo que yo no sepa? Quizá algo sobre una guerra contra las bestias, una invasión de supercyborgs, una batalla final contra las máquinas… no sé…, ¿está usted preparándose para algo sobre lo que yo no estoy informado? ¿Y para qué son esas venas? Si podría correr un hámster por dentro.


Yo creo que los culturistas no son felices. Esa sonrisa es forzada. No pueden estar a gusto con esa pinta: marrones, brillantes, con protuberancias… Si los miras sin gafas parecen una caca gigante que te sonríe.


Son infelices porque sufren la famosa contradicción de los culturistas y sus escrotos: ellos quisieran tenerlos lisos, pero los tienen rugosos. Cubren sus escrotos rugosos con un globo pinchado y sonríen. ¿Por qué? Porque tienen un gran sentido del humor. O, al menos eso espero. Si no, cuando me encuentre a uno por la calle me despedazará con sus supermúsculos, me aplastará como si fuese una barrita energética y a mí no me quedará otra salida que morirme con los ojos abiertos como dos huevos duros.




Los GPS

¡Ya están aquí, estamos perdidos!

Yo quería hablar de uno de los seres más ninguneados de la Historia: los GPS.
Tratan de orientarnos con sus sabios consejos, pero cuando hay tres personas en un coche y ninguna está segura del camino, lo último que necesitan es una cuarta voz opinando:






  • A…..tres….cientos…metros…gire a al…derecha.


Nadie le hace caso. Es como si no te fiaras del todo del GPS.






  • Sí, a la derecha también se puede ir, pero hay menos coches por donde voy yo.

Cada uno tiene una excusa. Entonces el GPS se va enfadando poco a poco y soltando indirectas:






  • Cuando pueda, dé la vuelta…Recqtifique…




Muy fino. Demasiado fino, diría yo. Por eso nadie le hace caso. Lo ideal sería ponerle un puntito más de mala leche y que, de repente, soltara:





  • A…trescientos metros…os vais todos a…tomar por…culo




O una mano robot que le diera un pescozón al conductor. ¡¡Zas!!






  • ¿Estás…. tonto? ¿No te he dicho que…des la vuelta?


La verdad es que resulta imposible tomarse en serio a alguien que habla así:




  • En el…. siguiente… rotonda… coja la…tercero… salida.

Escuchas esa voz y te dan ganas de preguntarle:


<<Tu hermana es del servicio de Atención al Cliente de Telefónica, ¿verdad? Lo digo porque cuando hablo con ella, tampoco llego a ningún sitio.>>



Los GPS con tecnología de última generación tienen varios tipos de voz. Los hay con voz varonil, que dicen:




  • A….tres…cientos metros…gire a la…izquierda.



O con voz de chica, que dicen:




  • A….tres…cientos metros…gire a la…izquierda. ¿Qué haces? ¡Te he dicho derecha!


Tendrán supertecnología digital, sí, pero se pegan al cristal con una ventosa. Y no hay un protocolo de actuación frente a las ventosas. A la hora de poner una, uno se siente perdido…, ¿Se chupa el cristal o se chupa la ventosa? Yo prefiero chupar el cristal. Si chupas la ventosa te puedes quedar pegado. Imagínate ir con un GPS colgando en la lengua. Empezarías a hablar como el aparato:




  • ¿Quedéid dejad de midadme?



  • ¡Qué piercing tan chulo!



  • Vete… a tomad… por culo.



El GPS perfecto aún no lo han inventado. Sería uno que dijera:






  • A….tres…cientos…metros…. baje la ventanilla y….pregunte.


O mejor aún, que pregunte él. A mí me encantaría ver a un GPS preguntando al GPS de otro coche:






  • Por favor, ¿la calle de …. Tiburcio Cocodro…. Número 9?


  • Lo siento…. yo tampoco soy de…. aquí.


El día que las máquinas reconozcan que están perdidas empezarán a parecerse a los humanos y entonces sí que estaremos perdidos.




Los desagües

Ombligos de bañeras, lavabos y fregaderos.


Así como el agua es esencial para la vida, también lo son los desagües.

Sin embargo, nadie se ha atrevido a mirar a un desagüe a los ojos. Nadie se ha asomado a ese ojo, oscuro como la noche en la tráquea de un toro, y ha preguntado:


<<¿Cómo estás, desagüe? ¿Necesitas acaso una caricia para volver a creer en que todo este sufrimiento será recompensado en algún lugar, al final del tiempo, donde cada trago de bilis se intercambia en justo trueque por chupitos de melocotón, copitas de Pedro Ximénez y dulzainas sin igual?>>

Nadie ha mirado nunca a un desagüe y le ha dicho algo parecido. Quizás Antonio Gala, todo lo más.

Bien mirados, los desagües son como los mendigos de parque: beben mucho y comen poco. Se alimentan de lentillas esporádicas, algo de pelo, la tuerca de un pendiente… Por eso, a veces, les huele el aliento a pelo muerto, a lentilla muerta y a tuerca muerta de pendiente muerto.


Es difícil luchar contra el aliento de un desagüe. Lo más fácil sería ponerle el tapón, pero para cuando un desagüe empieza a tener problemas de aliento, el tapón ya hace mucho que se ha fugado.

¿Cómo hacen los tapones para escaparse? ¿Cómo algunos logran romper esas cadenas de bolitas? Son las miasmas que los militares utilizan para atarse las placas de identificación al cuerpo. ¿Lleva el tapón una vida más ajetreada que un marine americano?


Buscando una solución a esas fugas de tapones, el ser humano ha tenido la peor idea de toda su Historia: el tapón mecánico que se activa y se desactiva con una palanquita de metal. Es imposible aclararse con eso, uno no puede darse un baño con uno de esos tapones.

La mejor solución que he encontrado es llenar la bañera dejando el talón en el desagüe. El problema es que me lavo todo el cuerpo menos ese punto, y poco a poco se ha ido formando un escudo de roña alrededor de mi talón izquierdo que hace que yo sea como Aquiles, pero al revés: todo mi cuerpo es vulnerable y lechal, pero en mi talón rebotan las balas.


El desagüe de la bañera es el que más hambre pasa: escamas de piel humana, pelo, jabón y pis. Sí, pis. Mucha gente dirá:
<<¡Eso no es cierto! ¡Yo jamás…!>>. Quizá tú no, pero, ¿puedes poner la mano en el fuego por cada uno de los habitantes de tu hogar? Si el desagüe de tu bañera pudiera decir <<de esta agua no beberé>>, lo diría.


Los tres desagües del cuarto de baño – lavabo, bañera y bidé- son los que pasan hambre, pero el de la cocina, todo lo contrario. Aunque no sé qué es peor. Una de las experiencias más asquerosas es estar fregando, notar que el desagüe ha dejado de tragar, e ir, mano desnuda, a descubrir qué es lo que obstruye. No ves, porque el agua está turbia y caliente, pero palpas. Notas una especie de sedimento orgánico, que hay que quitarlo a golpe de uña, y cuando lo has sacado ves que es como un vomitillo. Y lo es, porque se compone de lo que has comido hace unos minutos. Una vez vomité, comparé los dos productos y la composición era la misma.


Las bañeras y lavabos tienen un segundo desagüe, el rebosadero, ese agujerillo que sirve para que no se salga el agua por fuera si alguien deja el grifo abierto, o que no rebose si uno muere en la bañera. No es de buena persona irse del mundo dejando un manchurrón en el techo del vecino de abajo. Yo creo que los del seguro irían a buscarte al más allá.
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